domingo, 7 de octubre de 2012

Es hora de empezar...


Así que el verano pasó casi volando. Cada vez se acercaba el inicio de clases y cada vez más aumentaban los nervios.
Antes de comenzar a relatar como me fue la primera semana de clases, es muy importante hacer un paréntesis para hablar sobre la maestría que tanto tiempo había esperado y que comenzó un semana antes de entrar a clases.
La maestría en Lectoescritura está hecha para personas que trabajan, está diseñada para trabajarla un 90% en línea, lo cual sonaba interesante para mí, porque en la historia de todas mis clases (y mira que fueron muchas) habían sido presenciales, incluso las de la universidad, así que el simple hecho de romper el esquema con las clases tradicionales creaba un reto para mí. La primera clase fue presencial para podernos explicar de que iba cada materia y la forma de calificar, y bla, blah, bla… todas las cosas que verías en un primer día de escuela. Pero lo importante aquí, fue conocer a las personas con las que estarías trabajando el resto del semestre, pero con las cuales sólo tendrías contacto por medio de la red. Fue raro, porque las primeras impresiones nunca son las más acertadas, así que descubrirías a tus compañeros a través de su escritura, de su forma de redactar, de sus puntos de vista de un tema, de un blog, de Facebook, de sus fotos… en fin, sería una nueva experiencia para conocer y trabajar las relaciones humanas. Creo que los de la Ibero me deben un lana, por la buena publicidad que les estoy haciendo.
Después de este spot publicitario es hora de regresar a la primera semana de clases. Todos los maestros dicen que nunca te olvidas del primer grupo al que le das clases y creo que tienen toda la razón. Desde el momento en que llegaron mis alumnos me fui enamorando de cada uno de ellos, por supuesto que no de la forma perversa, si no más bien de una forma maternal. Conforme iba pasando la semana me identificaba con ellos en algún aspecto. Cada uno era un reto para mí y cada uno me ayudaba a que día a día quisiera mejorar, cada uno de ellos me inspiraba para ser mejor, para dar todo de mí, cada uno representó el querer dar todo por ellos, en crear un compromiso de dejar algo bueno en cada uno de esos niños. Por supuesto que al principio estaba más nerviosos que ellos, pero también cada día que pasaba me sentía más a gusto, me empezaba a sentir parte de ellos.
Ya se que suena súper cursi, pero así me sentí… después de 7 semanas de clases confirmo que tengo los mejores alumnos que maestro pudiera tener… que suerte que fueron los míos.

1 comentario:

  1. Fer:... por mi parte puedo asegurar que los mejores alumnos SON LOS Míos (ji ji)... entre los cuales te encuentras precisamente tú.
    ¡Gracias por compartir!

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