domingo, 28 de octubre de 2012

La muerte...


Esta semana dejaré a un lado todo el tema de la educación y escribiré sobre algo diferente: la muerte.
He pensado en ella últimamente, y no precisamente en mi muerte, sino en la de gente que me rodea y a la que quiero, y sólo de pensarlo se me enchina la piel.
La muerte es algo que puede pasar cualquier día a cualquier hora y nadie está exenta de ella… no puedes hacer nada al respecto. Claro que la puedes “prevenir” o, más bien, puedes “prolongar” su llegada: si no te expones haciendo actividades absurdas como manejar borracho o comiendo sanamente y no fumando, pero al final del día a todos nos toca.
En la maestría de lectoescritura nos propusieron hacer una ofrenda virtual dónde cada uno de nosotros subiría una foto de alguna persona fallecida que hubiera marcado nuestras vidas. Yo escogí a Frida Kahlo porque siempre la he considerado un ejemplo a seguir, pero la verdad es que me sentí muy superficial después de leer sobre las personas de las que hablaron el resto de mis compañeros: amigos, papás, hermanos, muchos de ellos muy jóvenes, muertos en terribles y tristes accidentes. Fue ahí cuando me cayó el 20 de que nunca, en mis 24 años, he sufrido una pérdida de esa magnitud. Es decir, mis dos abuelos están muertos, uno de ellos murió de un infarto cuando yo tenía 8, por lo que realmente nunca le tomé la importancia que debía y mi otro abuelo murió después de 8 años de haber tenido un horrible accidente que lo dejó casi cuadripléjico cuando yo tenía 12 años, su muerte no fue triste, más bien fue un alivio, ya que después de años de sufrimientos y enfermedades mi abuelo por fin descansó.
Cualquier pérdida es triste… más de aquellas personas que son un pilar importante en nuestras vidas y que sin ellas no podríamos seguir adelante… este hecho me aterra. Pero al final es parte del ciclo de la vida y no podemos hacer nada al respecto, tan sólo, quizás, disfrutar de su compañía cada momento, no dejar que pequeños detalles no alejen de ellos y nunca perder la oportunidad de hacerles saber cuan tan importante son para nosotros.

domingo, 21 de octubre de 2012

La nueva reforma educativa...



Dios, que semana. Estoy agotada mentalmente. Acaba de ser la entrega de calificaciones y no ha sido nada fácil. Como muchos sabrán, y los que no aquí les informo, que la educación está viviendo una reforma educativa que se ha ido promoviendo desde algunos años y que este año inicia en forma en todas las escuelas. No les voy a dar una cátedra sobre esta nueva reforma porque lo más probable es que los aburra o los confunda más, pero lo importante de que hay que saber de esta reforma es que se tiene que evaluar al alumno en tres aspectos iguales: el saber, el saber hacer y el saber ser. ¿Complicado? Díganmelo a mí. Antes una evaluación bimestral (examen) valía 60% mientras que el 40% restante estaba conformado por tareas, disciplina, puntualidad, uniforme, trabajo en clase, bla, bla, bla, o al menos así era en mis tiempos de primaria. Ahora tienes que evaluar todos los aspectos en conjunto y no como puntos separados. Es todo un rollo, el caso es que ahora ya no sólo se fijan en la parte cuantitativa sino también en la parte cualitativa. No sólo evalúas el conocimiento del alumno, ahora también evalúas su forma de ser (con sus compañeros, con sus maestros, en clase, etc.) y el proceso que realiza para llegar al conocimiento final. La verdad es que es un cambio rotundo, pero al final será muy beneficioso para los alumnos y para nuestro país. Lo difícil está en explicarles a los padres de familia porque su hijo que siempre sacaba 10 ahora saca 9 u 8. A la mayoría de los padres no les interesa si su hijo es un malandrín o una pesadilla en clase y con el resto de sus compañeros, lo único que les interesa es poder presumir las calificaciones que sacó, y no si es un buen compañero o no. Ya se, seguro piensan que odio a los papás y la verdad es que sí, odio a la mayoría de ellos, aunque también reconozco a otros padres de familia que siempre están al pendiente de sus hijos, pero seamos honesto, los alumnos que tiene papás que se preocupan por ellos, son niños que, generalmente, no causan ningún problema, la llevan bien con todos, son responsables y respetuosos, en cambio los niños olvidados son los que más problemas dan.
Siempre he pensado que una calificación no define quien eres, pero sí define quien eres las actitudes diarias que tomamos ante cualquier situación. 

domingo, 14 de octubre de 2012

La parte no tan bonita de la educación...


Los padres de familia me aterran. Cada vez que alguno de ellos quiere hablar conmigo me sudan las manos y me duele el estómago. ¿Por qué? Porque siento que siempre tienen algo de que culparnos. Es decir, cuando el alumno saca 10 o ha desarrollado favorablemente sus competencias y ha logrado cumplir con los aprendizajes esperados es culpa del papá, claro, siempre está al pendiente de su hijo, le pone actividades extracurriculares, bueno ya saben, los padres que todos quisiéramos tener. Pero ¿qué pasa cuando el niño obtiene “malas calificaciones”? Por supuesto que es culpa del profesor, que no le enseña nada y le tiene mala voluntad al niño.
Siento que los padres de familia, mucha veces, son unos mal agradecidos que no valoran el esfuerzo del maestro en el aula. Por ejemplo, en la segunda semana una mamá se me acerca y me dice que su hijo tiene que usar lentes, pero que no los quiere usar por temor a ser la burla de sus compañeros. Sabía que tenía un reto por delante: Alex tenía que usar sus anteojos. Así que fui a la papelería y compré limpia pipas de color negro y me puse a hacer unos lentes para cada niño de la clase. El lunes llegué y les dije que toda la semana todos utilizaríamos lentes, incluyéndome, de esa manera Alex no se sentiría diferente al resto de sus compañeros. El experimento resultó ser un éxito (por lo cual me sentí muy satisfecha y pensé: reto logrado), después de la semana experimental Alex siguió utilizando sus lentes sin sentirse raro y sin ser la burla de nadie. Una semana después la mamá de Alex se acercó a platicar conmigo, ingenua, pensé que sería para darme las gracias de que su hijo ya utilizaba los anteojos en clase, pero, oh sorpresa, se acercó para decirme que su hijo no iba a nadar porque tenía una dermatitis en la pierna y que estaba en tratamiento. El tema de los lentes nunca salió.
A todo ser humano le gusta el reconocimiento y yo no soy la excepción. No esperaba que con esta actividad me eligieran como la mejor maestra de todas y me dieran un premio, pero si esperaba un “gracias maestra”.
Los papás creen que los maestros no nos esforzamos lo suficiente, creen que no es trabajo alguno controlar y enseñar a cada uno de sus hijos, creen que salimos de la escuela y que nos desligamos completamente de ella, que no hacemos planeación, ni buscamos materiales didácticos para utilizar en el salón o estrategias para hacer las clases más divertidas para sus hijos, que no nos preocupamos cuando alguno de ellos no está cumpliendo con los aprendizajes esperados o que no están desarrollando cierta competencia.
A lo mejor a sido culpa de los propios maestros dar este tipo de imagen, y cómo no, si hacen paro por cualquier excusa, no asisten a clases y la neta es que les vale madre la educación. Así que los maestros que sí lo hacemos por convicción y no porque fue el último recurso hacernos maestro, la tenemos más difícil. Tenemos que demostrarle a cada padre de familia la importancia de nuestro trabajo y el esfuerzo que realizamos para no hacerlo bien, si no excelente. Y sí, probablemente tardarán en reconocerlo, pero al final notarán un cambio y se darán cuenta de la importancia de la labor del maestro.

domingo, 7 de octubre de 2012

Es hora de empezar...


Así que el verano pasó casi volando. Cada vez se acercaba el inicio de clases y cada vez más aumentaban los nervios.
Antes de comenzar a relatar como me fue la primera semana de clases, es muy importante hacer un paréntesis para hablar sobre la maestría que tanto tiempo había esperado y que comenzó un semana antes de entrar a clases.
La maestría en Lectoescritura está hecha para personas que trabajan, está diseñada para trabajarla un 90% en línea, lo cual sonaba interesante para mí, porque en la historia de todas mis clases (y mira que fueron muchas) habían sido presenciales, incluso las de la universidad, así que el simple hecho de romper el esquema con las clases tradicionales creaba un reto para mí. La primera clase fue presencial para podernos explicar de que iba cada materia y la forma de calificar, y bla, blah, bla… todas las cosas que verías en un primer día de escuela. Pero lo importante aquí, fue conocer a las personas con las que estarías trabajando el resto del semestre, pero con las cuales sólo tendrías contacto por medio de la red. Fue raro, porque las primeras impresiones nunca son las más acertadas, así que descubrirías a tus compañeros a través de su escritura, de su forma de redactar, de sus puntos de vista de un tema, de un blog, de Facebook, de sus fotos… en fin, sería una nueva experiencia para conocer y trabajar las relaciones humanas. Creo que los de la Ibero me deben un lana, por la buena publicidad que les estoy haciendo.
Después de este spot publicitario es hora de regresar a la primera semana de clases. Todos los maestros dicen que nunca te olvidas del primer grupo al que le das clases y creo que tienen toda la razón. Desde el momento en que llegaron mis alumnos me fui enamorando de cada uno de ellos, por supuesto que no de la forma perversa, si no más bien de una forma maternal. Conforme iba pasando la semana me identificaba con ellos en algún aspecto. Cada uno era un reto para mí y cada uno me ayudaba a que día a día quisiera mejorar, cada uno de ellos me inspiraba para ser mejor, para dar todo de mí, cada uno representó el querer dar todo por ellos, en crear un compromiso de dejar algo bueno en cada uno de esos niños. Por supuesto que al principio estaba más nerviosos que ellos, pero también cada día que pasaba me sentía más a gusto, me empezaba a sentir parte de ellos.
Ya se que suena súper cursi, pero así me sentí… después de 7 semanas de clases confirmo que tengo los mejores alumnos que maestro pudiera tener… que suerte que fueron los míos.