Los
padres de familia me aterran. Cada vez que alguno de ellos quiere hablar conmigo
me sudan las manos y me duele el estómago. ¿Por qué? Porque siento que siempre
tienen algo de que culparnos. Es decir, cuando el alumno saca 10 o ha
desarrollado favorablemente sus competencias y ha logrado cumplir con los
aprendizajes esperados es culpa del papá, claro, siempre está al pendiente de
su hijo, le pone actividades extracurriculares, bueno ya saben, los padres que
todos quisiéramos tener. Pero ¿qué pasa cuando el niño obtiene “malas
calificaciones”? Por supuesto que es culpa del profesor, que no le enseña nada
y le tiene mala voluntad al niño.
Siento
que los padres de familia, mucha veces, son unos mal agradecidos que no valoran
el esfuerzo del maestro en el aula. Por ejemplo, en la segunda semana una mamá
se me acerca y me dice que su hijo tiene que usar lentes, pero que no los
quiere usar por temor a ser la burla de sus compañeros. Sabía que tenía un reto
por delante: Alex tenía que usar sus anteojos. Así que fui a la papelería y
compré limpia pipas de color negro y me puse a hacer unos lentes para cada niño
de la clase. El lunes llegué y les dije que toda la semana todos utilizaríamos
lentes, incluyéndome, de esa manera Alex no se sentiría diferente al resto de
sus compañeros. El experimento resultó ser un éxito (por lo cual me sentí muy satisfecha
y pensé: reto logrado), después de la semana experimental Alex siguió
utilizando sus lentes sin sentirse raro y sin ser la burla de nadie. Una semana
después la mamá de Alex se acercó a platicar conmigo, ingenua, pensé que sería
para darme las gracias de que su hijo ya utilizaba los anteojos en clase, pero,
oh sorpresa, se acercó para decirme que su hijo no iba a nadar porque tenía una
dermatitis en la pierna y que estaba en tratamiento. El tema de los lentes
nunca salió.
A
todo ser humano le gusta el reconocimiento y yo no soy la excepción. No
esperaba que con esta actividad me eligieran como la mejor maestra de todas y
me dieran un premio, pero si esperaba un “gracias maestra”.
Los
papás creen que los maestros no nos esforzamos lo suficiente, creen que no es
trabajo alguno controlar y enseñar a cada uno de sus hijos, creen que salimos
de la escuela y que nos desligamos completamente de ella, que no hacemos
planeación, ni buscamos materiales didácticos para utilizar en el salón o
estrategias para hacer las clases más divertidas para sus hijos, que no nos
preocupamos cuando alguno de ellos no está cumpliendo con los aprendizajes
esperados o que no están desarrollando cierta competencia.
A lo
mejor a sido culpa de los propios maestros dar este tipo de imagen, y cómo no,
si hacen paro por cualquier excusa, no asisten a clases y la neta es que les
vale madre la educación. Así que los maestros que sí lo hacemos por convicción
y no porque fue el último recurso hacernos maestro, la tenemos más difícil.
Tenemos que demostrarle a cada padre de familia la importancia de nuestro
trabajo y el esfuerzo que realizamos para no hacerlo bien, si no excelente. Y
sí, probablemente tardarán en reconocerlo, pero al final notarán un cambio y se
darán cuenta de la importancia de la labor del maestro.
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